Oceanográfic, Valencia

21.11.2021

Lo siento, no me gusta. No me gustan las colas, no me gusta la masificación, no me gusta esperar durante 5-10-15 minutos para ver un espectáculo que no merece la pena, pero al que te ves obligado a asistir "ya que estás ahí".

Tampoco era la primera vez que lo visitaba. Catorce o quince años atrás ya lo había hecho, pero la impresión no había sido tan negativa. Quizá fui en un día más despejado; quizá mi nivel de exigencia no era tan alto. Quizá ya no era novedad, y la ilusión se diluye conforme las arrugas se acumulan.

La gran diferencia con el acuario fluvial de, por ejemplo, Zaragoza, son las dimensiones. El Oceanográfic está sobredimensionado. Todo es a lo grande. Todo tiene más espacio. Todo tiene más color, más luz, más exteriores, animales más grandes y acuarios gigantes. Y al igual que los goles de Messi se disfrutan mejor en la tele grande, los pescaditos del Oceanográfic son más disfrutables en escenarios ciclópeos.

Por lo demás, no se salva de la gran lacra de todos los zoos del mundo, salvo los naturales; las exhibiciones. Comprendo que hay que amortizar las monerías de los delfines o las proyecciones 4D, pero esas limitaciones de horarios provocan marabuntas de espectadores que se lanzan a guardar colas más de 30 minutos antes de que comiencen; crean embudos humanos donde el COVID aspira hondo ante el festín que se aproxima, al igual que los célebres túneles inmersivos, trampas letales para verle el ano a un tiburón tigre.

Claro que tiene cosas buenas. Las ballenas beluga en su danza marina resultan hipnóticas, al igual que las persecuciones de los pinguinos. Pero no deja de ser un zoo. Uno muy caro, pero un zoo. 

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