Museo de las Ciencias, Valencia

24.11.2021

Cualquier edificio de Calatrava es susceptible de tres cosas; de desplomarse (o colapsar, que está de moda ahora); de que esté en parte al aire libre; y de que acabe costando dos o tres veces su presupuesto inicial. El Museo Príncipe Felipe de las Ciencias encaja de lleno en el perfil, esperemos que no cumpla la primera. Por cierto, creo que ya es hora de ir cambiando el nombre de los cientos de pabellones y recintos dedicados al rey de los españoles, que ya suena viejuno y ni es príncipe ni na'. Al de Zaragoza, por ejemplo, le podían llamar José Luis Abós.

Al Museo de las Ciencias no se puede ir con prisa. Y si vas con niños, ya puedes planificar todo el día en él, pues no hay fin. No es un museo al uso, es decir, de exposición y meditación. Es uno de tocar, experimentar y sentir. Y ese es el gran problema, que siempre hay una gran multitud haciendo cola para tocar, experimentar y sentir. Desde los huevos de gallina esperando a eclosionar ante la asombrada mirada de los infantes a los hormigueros, pasando por esa obra en construcción para pequeños albañiles o los cuentos infantiles desde otro punto de vista, puedes pasar la mañana entera sin salir de la primera planta.

Pero somos científicos, y la parte divertida está arriba del todo, donde se agrupan las cajas tontas donde se proponen diversos retos y juegos para estimular los sentidos. La favorita es sin duda la de la bolita empujada por la mente en un partido entre dos competidores, el que mejor deje la mente en blanco, gana. El problema radica cuando siempre gana el jugador #1.

Cuánto tiempo es necesario para disfrutar de lo verdaderamente interesante? Tanto, que no merece la pena pensar en lo que te dejas atrás, sino en lo nuevo que has podido aprender.


Bitácora Perversa
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