El juego del calamar, Hwang Dong-Hyuk

Ahora que se ha pasado la fiebre del calamar, y para celebrar que llevo 30 días consecutivos escribiendo mi crítica diaria, voy a darme un baño de mainstream y hablar de una serie que se puso muy de moda hace un par de meses para mi sorpresa y la de los programadores de Netflix.
El argumento no era nada novedoso. Eso de meter a un montón de desconocidos a matarse unos a otros ya sea de forma directa o indirecta y el ganador se lo lleva todo, lo llevan haciendo japoneses y coreanos desde el Humor Amarillo de Takeshi Kitano y su versión adolescente gore titulada Royal Battle.
Aquí ni siquiera te daban un trasfondo. Obviamente alguien monta estos juegos circenses para su disfrute, y los únicos dispuestos a someterse al juego son los que están muy desesperados. Los norteamericanos no creen en el libre albedrío, y por eso en sus películas de survival suelen escoger a un puñado de exconvictos o presidiarios y los sueltan en una isla para que los millonetis de turno los cacen con sus rifles de gran precisión. Blanco Humano con Van Damme sacaba este tema; Juego de supervivencia con Rutger Hauer lo enseñaba directamente.
La gracia del Juego del Calamar es que todos los participantes son unos pringados. Ninguno es un superatleta o parece más preparado que otros para ganar el juego. De hecho, ni siquiera saben las reglas del mismo hasta que comienza, lo que lleva a grandes sorpresas e incluso traiciones. Quieren que empaticemos con el protagonista, pero este es un despojo que vendería a su hija por un boleto de las carreras. Los únicos por los que podemos apiadarnos es por Alí, el inmigrante pakistaní, y el abuelo. Los demás son fracasados por ambición, desidia o maldad, aún desconociendo su historia personal.
Y la historia tiene muchos agujeros sin sentido. La trama del policía en busca de su hermano aporta muy poco a la historia general. El director puede enseñarnos las entrañas de la maquinaria sin que el agente esté presente, y su resolución es sencillamente ridícula, de culebrón. Tampoco está bien desarrollada la historia de los guardias, más allá de especulaciones en las redes. Los creadores del juego parecen gozar de impunidad para cazar, matar, hacer desaparecer a la gente y no ser molestados por la ley en ningún momento. En una sociedad tan controlada como la coreana, esto no tiene ningún sentido.
Y para qué hablar del giro final, inconsistente y tramposo como salvar a Glen en Walking Dead del centenar de zombis que le estaban comiendo las entrañas junto a los cubos de basura. De ahí al sueño de Resines hay poca distancia en finales decepcionantes.